El apóstol Juan lo explica claramente:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la
verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). El pecado más grave es
pretender que no tenemos pecado. Ninguno de nosotros está exento de la
posibilidad de pecar. Hasta que algún día en gloria disfrutemos del
Arbol de la Vida, debemos admitir nuestra vulnerabilidad.
El reformador británico Wilberforce
manifestó: “No hay caminos cortos para llegar a la santidad. Debe ser la
ocupación de toda nuestra vida.” No podemos ser santos a las apuradas.
Un escritor a quien aprecio mucho
declara: “Si usted dice que hay pecados que nunca podrían alcanzarlo,
está por resbalarse con una cáscara de banana espiritual.” El hecho de
creernos invencibles en cierta área no es una seguridad a toda prueba.
Usted y yo hemos oído acerca de líderes y
laicos cristianos que “de repente” caen en pecado. Todo parece ir de
maravillas, y de un día para otro dejan a la esposa por otra mujer…
intentan suicidase… se hacen alcohólicos. ¿Cómo puede ocurrir? Sucede
que la caída en la vida cristiana rara vez es un colapso repentino; por
lo general es un proceso gradual.
Cada vez que perdemos de vista quién es
Dios, nuestra vida espiritual pierde fuerza y está en peligro de caída.
El pecado es la declaración de independencia del hombre. El primer paso
para alejarse de Dios es dejar de apreciar quién es Dios y dejar de
agradecerle por su persona y su obra en nuestras vidas.
La ingratitud y otras formas de
desobediencia–ya sea en hecho, pensamiento o deseo–producen ciertos
resultados. Cuando pecamos, contristamos al Espíritu Santo, Satanás gana
terreno, perdemos nuestro gozo en Cristo, nos vamos alejando y
separando de Dios y de otras personas, nos convertimos en piedras de
tropiezo a hermanos más débiles, y causamos pena y dolor inimaginables.
Haga un inventario espiritual de su
vida. Piense: ¿Quién es Dios para mí? ¿Cómo es mi relación con El? ¿Cuán
a menudo le doy gracias? Medite en pasajes tales como el Salmo 34,
Salmo 63:1-8 y 1 Tesalonicenses 5:16-24. Encuentre maneras prácticas de
aplicar estos pasajes en su propia vida.
Lo más importante en cuanto a usted es
lo que viene a su mente cuando piensa en Dios. Lo que viene a sus labios
durante el día indica si usted ve y aprecia Su soberanía, Su gracia y
otros atributos de la divinidad.
¿Está Dios hablando a su corazón? ¿Cómo
es su relación con El? Confiese sus pecados a Dios y (como lo hizo
Pablo) decida que por el poder de Dios vivirá una vida cristiana
victoriosa (1 Corintios 9:24-27; Gálatas 2:20). Hable de las maravillas
del Señor que usted ama, y obedézcale con fidelidad. La caída en la vida
cristiana no tiene por qué suceder; no es inevitable. Cristo vive en su
corazón, y ésa es la mejor garantía de protección que tiene el
cristiano. Recuérdelo, y viva de acuerdo a esa verdad.
Luis Palau es
escuchado por más de 800 millones de personas en 112 países a través de
la radio y la televisión, y tiene el privilegio de haberle hablado a más
de 22 millones de personas cara a cara en 80 países del mundo.

