Recientemente estaba leyendo un libro
que un amigo me envió. Trae un interesante título: “Señor, yo puedo
resistir cualquier cosa, menos la tentación”. El autor, que es capellán
de una universidad, advierte en contra de las respuestas fáciles y las
soluciones convenientes al problema de ser tentado. El encontraría el
tema de este mensaje un poquito petulante y presuntuoso.
En cierto sentido, todos nosotros
sabemos lidiar con la tentación. Debemos saber decirle no, resistirla y
alejarnos de ella. Nuestro principal problema es que la mayor parte de
las veces no nos damos cuenta que estamos siendo tentados.
Desafortunadamente, cuando el tentador se acerca no nos avisa diciendo: ”
¡cuidado que ahora voy a tentarte!, quiero que hagas lo peor que
puedas. Aquí está la trampa.” Esto no sucede en esta forma, ¿no es
cierto?. Nosotros no escuchamos sonidos de alarma ni vemos luces
intermitentes. No siempre descubrimos que se está manifestando una
tentación, sino hasta que es demasiado tarde y miramos hacia atrás con
tristeza el camino en el cual hemos tropezado.
El verdadero mal siempre viene
disfrazado de algo bueno. ¿Recuerda cómo se acercó el tentador a Jesús
en el desierto? En cada tentación lo instó a hacer algo que parecía
digno de aprobación. También nuestras tentaciones más severas algunas
veces no vienen cuando nos creemos vulnerables; sino cuando más fuertes
nos sentimos. Nuestro peor peligro no se presenta cuando estamos
desanimados por alguna derrota, pero sí cuando estamos regocijados por
alguna victoria. No hay ninguna técnica para usarla cuando estemos
lidiando con la tentación. En muchos de los casos, es demasiado tarde.
Lo que nosotros necesitamos es un comienzo saludable. El secreto está en
prepararse para la tentación antes de que ésta venga.
No tome esto como si fuera mi propia
autoridad; sino como la Palabra del Señor. Escuche las palabras de Jesús
a sus discípulos para cuando ellos fuesen tentados severamente: “Velad y
orad”, dijo El, “para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. (Mateo 26:41)
Es de vital importancia que nosotros no
sucumbamos cuando estamos atravesando por alguna tentación. Note que
Jesús dijo estas palabras en el Getsemaní a tres de sus más leales
discípulos. Esta no fue una advertencia para Judas, ya que ese traidor
se había alejado hacia su horrible diligencia. Tampoco fueron dirigidas a
las multitudes ni a los muchos seguidores de Jesús, sino a éstos que
fueron los que más le respondieron de todos, los más fieles amigos que
Jesús tuvo en el mundo. El compartió con ellos más que con cualquier
otra persona. Ellos creyeron en El, lo amaron profundamente y dejaron
todo para seguirle.
Pero esa no fue sólo la historia de
ellos. Después que El dijo: “el espíritu a la verdad está presto,” Jesús
añadió, “mas la carne es débil”. ¿Qué significa la palabra carne aquí?.
Ella representa lo humano, todo lo que nosotros somos por naturaleza. A
ninguno de nosotros nos gusta oírlo porque pensamos que tenemos mucha
fortaleza. Seguramente que estos discípulos pensaban así. Jesús preguntó
una vez a Santiago y a Juan: “¿Podéis tomar la copa que yo bebo?”. La
respuesta que ellos dieron sin vacilación fue, “sí, podemos”. En efecto,
ellos dijeron, “no es problema, Señor. Podemos lograrlo”. Y cuando
Simón Pedro fue prevenido que él negaría a su Maestro delante de otros,
se enfureció. “Aunque otros se escandalicen de ti, yo no . . . aunque
tenga que morir contigo, yo no te negaré”. “Yo no seré vencido
fácilmente. Señor, yo seré el último hombre en ser llamado cobarde en el
mundo. No pienses que yo, tu brazo derecho, soy débil”. Aunque ellos
nunca lo soñaron, estos discípulos estuvieron en peligro de apostasía.
Ellos no habían sido golpeados, encarcelados o torturados, pero se
vieron presionados a huir y a negar a su Maestro.
Los discípulos estuvieron en el peligro
de fallarle a su mejor amigo. El estaba en agonía y angustia y les rogó
que estuvieran cerca de El y que velaran con El. El deseaba compañía
humana, anhelaba simpatía y respaldo. Ellos fueron tentados para olvidar
a su amigo y entregarse a sus propias fatigas.
Esa es la misma tentación que nosotros
confrontamos todos los días. Hay personas que nos piden ayuda o
simplemente sufren cerca de nosotros mostrando en silencio sus heridas y
la tristeza en sus ojos. Ellos nos necesitan para cuidarles, oírles,
ser sus amigos en la soledad o simplemente para ofrecerles compañía.
Pero nosotros somos tentados a apartar nuestra mirada de ellos, a irnos
por otro lado y a sentirnos indiferentes. ¡Qué débiles somos en esos
momentos!
Nuestro peligro en la tentación no es
sólo que nos cubramos de vergüenza; también estamos en peligro de
abandonar a Cristo o a dejar a otros con sus necesidades. Por ser
perezosos perdemos grandes oportunidades que la vida nos ofrece para ser
leales y mostrar amor. Estamos en peligro porque al igual que esos
discípulos estamos dispuestos, pero somos débiles.
Aquí está el consejo del Señor para
Pedro, Santiago, Juan y nosotros: “Velad para que no entréis en
tentación”. ¿Cómo se prepararía usted para una crisis que seguramente
vendrá? ¿Cómo confrontaría usted la tentación sin someterse a ella, sin
entregarse a su poder? A través de velar y orar.
Los vigilantes, en el mundo antiguo,
eran aquéllos que permanecían día y noche en las cercanías de un
campamento o en las paredes de una ciudad observando. La tarea de ellos
era escudriñar el horizonte por si había señales de un enemigo, listos
para dar la alarma si se acercaba algún peligro. La salvación de ellos
mismos y la de sus compatriotas dependía de que ellos estuvieran
alertas. Ellos eran lo que nosotros llamaríamos hoy “un sistema de
alarma”, la primera línea defensiva.
Jesús dijo que fueran como uno de ellos,
que se mantuvieran alerta, que no confiaran en su propia seguridad, ni
se durmieran en sus puestos. Que recordaran que estaban frente a un
poderoso y astuto enemigo. Parte de estar listos para confrontar la
tentación es el ejercicio del sentido común. Todos hemos tenido una
experiencia personal para aprender de ella. Nosotros debemos saber desde
ahora la clase de situaciones en las cuales podemos tropezar y las
invitaciones que pueden atraernos hacia los problemas.
Al joven T. Freddy, el doctor le había
dicho que no podía nadar. Más tarde, cuando él llegó a su casa con aire
de inocencia, su pelo húmedo y asentado lo delató. “Freddy”, dijo su
madre con tono de voz enérgico. “te dije que no podías nadar; esas
fueron las órdenes del doctor”. “Pero mamá, yo no quería hacerlo, pero
fui tentado. Cuando caminé cerca del Agua todos los demás muchachos
estaban allí y no pude resistir”.
‘Mientras Freddy subía por las
escaleras, su madre notó el traje de baño que colgaba del bolsillo
trasero de su pantalón. “Freddy”, su madre dijo, “yo pensé que no habías
planeado ir a nadar. ¿Por qué llevaste tu traje de baño?”. “Oh”, el
vaciló, “esto fue por si yo era tentado”.
Nosotros nos reímos, pero a veces
hacemos también lo mismo. Al igual que Freddy, conscientemente nos
exponemos a la tentación y estamos dispuestos a dejarnos llevar por ella
secretamente, sabiendo de ¡antemano que es más fuerte que nosotros y
después nos excusamos.
Justamente esta semana leí acerca de una
joven que estaba trabajando en el Zoológico. Ella tenía una gran
experiencia en el cuidado de los animales, pero se arriesgó dentro de un
área encerrada donde dos tigres estaban enjaulados y trágicamente
perdió la vida. Algunas veces la mejor manera de lidiar con la tentación
es guardar una distancia saludable entre nosotros y las situaciones que
la provoquen.
Pero usted y yo sabemos que velar no es
suficiente. No siempre podemos anticiparnos a los problemas, ni podemos
evitar la tentación. Jesús dice: “velad y orad”. Si la vigilancia
descubre al enemigo, la oración es efectiva para combatirlo. Juan
Bunyan, autor del libro cristiano ‘ ‘El progreso del Peregrino”, dijo
que la oración es un sacrificio a Dios, un escudo para el alma y un
azote para satanás”. La oración es el arma maestra de nuestra guerra
cristiana, el poder más temido por el reino de las tinieblas.
La oración tiene poder, no por ninguna
cualidad mágica para actuar, pero sí porque ella representa la comunión
con el Dios Viviente.
P.T. Forsyth dijo una vez que la
oración hace en nuestra vida religiosa lo que los recursos naturales
hacen por la ciencia. Cuando los cristianos oran, están en contacto con
el Señor resucitado. Ellos confiesan sus debilidades ante su desbordante
poder. Aunque somos débiles en nosotros mismos, podemos estar fuertes
en el Señor. A través de la oración tenemos los recursos celestiales
para nuestra ayuda y podemos estar listos para cualquier eventualidad.
Jesús estaba dando aquí los consejos que
El mismo había seguido durante todos sus días. La oración fue lo más
constante e importante en todo su ministerio. El se preparó para todas
las crisis de su vida con oración y también oró cuando éstas vinieron.
En quietud y oración la fortaleza le fue renovada. Jesús vivió en
dependencia de oración hacia su Padre. El fue lleno del Espíritu Santo y
también estaba preparado para cualquier cosa que tuviera que enfrentar.
El fue tentado en todos los aspectos, como nosotros, pero sin pecado.
La oración es un factor oculto pero
significativo en nuestras vidas. Es en oración, delante de Dios, que
podemos reconocer nuestros pecados y recibir perdón. Es en oración que
nosotros expresamos nuestra fe en Cristo Jesús y le invocamos como
nuestro Salvador. Es en oración que nuestra comunión con Dios se
sustenta y profundiza. Si usted nunca ha orado antes, permítame
invitarlo a hacerlo ahora. El lugar que le damos a la oración en nuestra
vida determinará en gran medida la clase de personas que vendremos a
ser.
Usted ha oído hablar de la medicina
preventiva. Mejorando su salud y el medio ambiente donde vive,
construirá las defensas necesarias para combatir las enfermedades.
Jesucristo llama a sus seguidores a la oración preventiva. Con oración,
sustentamos una comunión con Dios en la cual venimos a ser fuertes para
cualquier cosa que la vida nos traiga.
Si usted desea que Cristo sea su abogado
en la última prueba, cuando usted esté de pie ante el Trono de Dios,
llámelo hoy para que sea su Salvador. Si desea ser fortalecido con su
poder para futuras crisis y presiones, conózcalo ahora. Tome tiempo para
orar. Y si usted quiere vivir cada día con la Paz de Dios, no olvide
buscarlo con tiempo. Un hombre sabio lo expresó de esta manera: “La
mañana es la puerta del día. Guárdela en oración”.

