¿Cuál es el período de la adolescencia que es más difícil, y cuál es la causa del problema?
Comúnmente, las edades de los 13 y los
14 años son los veinticuatro meses más difíciles de la vida. Es durante
este tiempo que la desconfianza en sí mismo y los sentimientos de
inferioridad alcanzan su nivel máximo, en medio de las más grandes
presiones sociales que ha experimentado hasta ese momento. El valor de
un adolescente, como ser humano, depende de una manera insegura de la
aceptación del grupo de sus compañeros, la cual puede ser difícil de
lograr. Por eso, las menores evidencias de rechazo o de burla, son de
extrema importancia para los que ya se ven a sí mismos como tontos
fracasados. Es difícil exagerar a magnitud del impacto producido por no
tener con quién sentarse en un viaje de micro de la escuela, o no ser
invitado a un evento importante, o ser objeto de burlas de los muchachos
que son más populares en la escuela, o despertarse a la mañana para
encontrar que tiene siete nuevos granos que brillan en la frente.
Algunos chicos y chicas se enfrentan de manera persistente con esta
clase de catástrofe social, durante todo el tiempo de la adolescencia.
Estas son experiencias que no olvidarán jamás.
El doctor Urie Bronfenbrenner, quien es
un eminente experto en el desarrollo de los niños, dijo que los años de
edad escolar intermedia son probablemente los más críticos para el
desarrollo de la salud mental de un niño. Es durante este período de
desconfianza en sí mismo que la personalidad es atacada con frecuencia y
dañada de manera irreparable. Dijo el doctor que, por lo tanto, no es
extraño que niños saludables y felices entren a la escuela intermedia, y
dos años más tarde salan de ella como adolescentes desanimados.
Estoy totalmente de acuerdo con la
opinión del doctor Bronfenbrenner en este punto. Los adolescentes
típicamente son brutales unos con otros, atacando y lastimando a una
víctima débil de manera parecida a los lobos que matan y devoran a un
animal deforme. Pocos acontecimientos me indignan más que ver a un niño
vulnerable, recién creado por la mano de Dios, en el comienzo de su
vida, siendo enseñado a odiarse a sí mismo, despreciar su cuerpo físico,
y desear nunca haber nacido.
No hay nada que me angustie más que ver a
mi hijo sufrir por su baja autoestima. Tiene 13 años y sé que está
pasando por momento muy difíciles. ¿Puede usted segurar que él va a
salir de esta etapa difícil? ¿O acaso le arruinará su vida por muchos
años?
A pesar del sufrimiento producido por la
baja autoestima, hay un aspecto positivo del asunto, que le animará.
Recuerde que la personalidad se desarrolla por medio de las pequeñas
adversidades, siempre y cuando no sea aplastada en el proceso. Contrario
a lo que tal vez pudiéramos pensar, el ambiente ideal para nuestros
hijos no es uno libre de pruebas y problemas. Aun si pudiera hacerlo, yo
no removería todos los obstáculos que se atraviesan en el camino de mis
hijos, para que felizmente caminaran por él. Ellos tienen derecho a
enfrentarse con los problemas y a sacar provecho de la confrontación.
He podido comprobar el valor que tienen
las pequeñas tensiones en nuestras vidas. Yo tuve una niñez
extremadamente feliz y sin preocupaciones. Sin lugar a dudas, me amaron y
mi rendimiento en la escuela siempre fue satisfactorio. En realidad,
hasta el momento he disfrutado de felicidad y satisfacción durante toda
mi vida, a excepción de dos años que fueron bastantes dolorosos. Viví
esos días difíciles a los 13 y 14 años.
Durante ese período de mi vida,
experimentó algo así como que la sociedad me atacaba por todos lados,
situación que provocó la misma clase de sentimientos intensos de
inferioridad y de falta de confianza en mí mismo. Por raro que parezca,
esos dos años contribuyeron más a la formación de los rasgos positivos
de mi personalidad, que cualquier otro período de mi vida. Mi
compenetración con los demás, mi deseo de triunfar en la vid, mi
motivación cuando cursaba mis estudios superiores, mi entendimiento de
los sentimientos de inferioridad, y mi destreza para comunicarme con los
adolescentes son principalmente el producto de una adolescencia
agitada. ¿Quién hubiera pensado que algo útil podía surgir de esos dos
años? Sin embargo, en ese caso en particular, el dolor fue un valioso
maestro.
Aunque es difícil de aceptar, su hijo
necesita los pequeños contratiempos que encontrará en su camino. ¿Cómo
podrá aprender a salir adelante, a pesar de los problemas y las
frustraciones, si en sus primeros años no experimenta aflicciones? Un
árbol en una selva tropical, no se ve obligado a echar raíces profundas
en busca de agua; por consiguiente, no está bien afianzado, y una
pequeña tormenta puede derribarlo. Pero un árbol mezquite que se
encuentra en el desierto, está amenazado por un ambiente hostil, y solo
puede sobrevivir al echar sus raíces a más de diez metros de
profundidad, en busca de agua. Por medio de su adaptación a la tierra
árida, este árbol está bien arraigado, y se ha vuelto resistente a todos
sus agresores.
Este ejemplo se aplica también a
nuestros hijos: los que han aprendido a superar sus problemas están más
firmes que los que nunca han tenido que enfrentarlos. Por lo tanto,
nuestra tarea como padres no consiste en eliminar todos los obstáculos
que nuestros hijos encuentren en su camino, sino actuar como aliados
suyos, estimulándolos cuando estés deprimidos, interviniendo cuando las
amenazas sean abrumadores y, sobre todo, proporcionándoles los
instrumentos que les permitan superar las dificultades.
Aunque mi hijo considera que no se le respeta, y es hostil, ¿tengo que imponerle algunos límites y disciplinarlo?
Seguramente que sí; pero es posible
guiar a los adolescentes sin insultarlos y provocarlos sin necesidad.
Aprendí esta lección cuando era maestro. Desde muy temprano me di cuenta
de que podía imponer toda clase de disciplina y requisitos estrictos de
conducta a mis alumnos, siempre y cuando tratara a cada uno de ellos
con dignidad y respeto auténticos. Me gané su amistad antes y después de
las clases, durante el tiempo del almuerzo, y por medio de mi contacto
con ellos en el aula. Yo era duro con ellos, especialmente cuando me
desafiaban, pero nunca fui descortés, cruel u ofensivo. Defendí al más
débil, y con tenacidad traté de ayudar a desarrollar la confianza y el
buen concepto de sí mismo de cada niño. Sin embargo, nunca transigí en
cuanto a mis normas de conducta. Cada día, los alumnos entraban en mi
clase sin hablar. No mascaban chicle, no se comportaban
irrespetuosamente, no decían palabrotas, no se herían unos a otros.
Evidentemente, yo era el capitán del barco y lo dirigía con el esmero de
un militar.
El resultado de esta combinación de bondad y disciplina firme es uno de los recuerdos más agradables de mi vida profesional.
Mi hijo de 14 años está en un período de
rebeldía y desafío como nunca ha estado antes. Quebranta reglas y
parece odiar a toda la familia. Se enoja conmigo y con mi esposa cuando
lo disciplinamos, pero aun durante los momentos tranquilos parece
sentirse molesto solo con nuestra presencia. ¿Cómo debo enfrentarme a
esta situación? Quisiera que se ponga en mi lugar y me dijera cómo
confrontaría a mi hijo.
Yo le aconsejaría que invitara a su hijo
a desayunar afuera dejando al resto de la familia. Sería mejor que lo
invitara en un tiempo de calma, no cuando se encuentre en medio de una
pelea. Dígale que quiere hablar algunas cosas, y que no puede hacerlo
adecuadamente en su casa, pero no le deje saber antes de tiempo de qué
se trata. Luego, en el momento apropiado, comuníquele los siguientes
mensajes.
Quiero que comprendas lo que sucede. Has
entrado en un nuevo período de la vida: la adolescencia. Esta es la
etapa final de la niñez, y a menudo incluye años muy difíciles y
tormentosos. Casi todo el mundo pasa por esa clase de años duros, y eso
es lo que te sucede a ti. Muchos de los problemas que hoy enfrentas eran
fáciles de predecir desde el día en que naciste, simplemente porque el
proceso de crecimiento es duro. Tus presiones son mayores a las que
fuimos sometidos nosotros cuando éramos jóvenes. Quiero decirte que
entendemos, y te amamos tanto como siempre.
Lo que en realidad sucede es que has
tenido una experiencia de lo que es la libertad. Estás cansado de ser un
niñito al que se le diga todo lo que tiene que hacer. Esa es una
actitud buena que te ayudará a crecer. Sin embargo, ahora quieres ser tu
propio amo y tomar tus propias decisiones sin que nadie interfiera.
Hijo, dentro de muy poco tiempo vas a tener lo que deseas. Ahora tiene
14, y pronto tendrás 15, 17 y 19. Habrás crecido en un abrir y cerrar de
ojos, y ya no tendremos ninguna responsabilidad sobre ti. Llegará un
día en el que te casarás con quien quieras, irás a la universidad que
quieras, la profesión y el trabajo que te agrade. Tu madre y yo
respetaremos que eres adulto. Además, mientras más te vayas acercando a
ese momento, más libertad te daremos. Muy pronto te dejaremos en
libertad, y tendrás que rendir cuentas solo a Dios y a ti mismo.
Pero debes comprender que todavía no
eres un adulto. Durante estas últimas semanas has querido que tu madre y
yo te dejemos en paz; que te dejemos estar fuera la mitad de la noche,
que no te hagamos hacer tus tareas, que no te pongamos ninguna
responsabilidad sobre la casa. Incluso has “reventado de ira” cada vez
que te hemos negado tus exigencias más extremas. La verdad del asunto es
que quisiste que te concedamos la libertad de una persona de 20 años
cuando solamente tienes 14 y todavía esperas que se te planche la ropa,
se te prepare la comida y se te paguen tus gastos. Has querido disfrutar
de lo mejor de los dos mundos sin asumir la responsabilidad de ninguno
de ellos. Entonces, ¿qué podemos hacer? Lo más fácil sería hacer lo que
tú quieres. No habrían más peleas ni frustraciones. Pero nosotros no
debemos hacer eso. Tú no estás preparado para ser totalmente
independiente, y mostraríamos odio hacia ti (en ve de amor) si
cediéramos a eso. Lamentaríamos el error por el resto de nuestra vida, y
pronto tú nos echarás la culpa. Y, como sabes, tienes dos hermanas
menores que te observan con mucha atención y debemos protegerlas de las
cosas que les enseñas.
Dios nos ha dado una responsabilidad,
como padres, de hacer lo que es bueno para ti, y Él nos pedirá cuentas
de la forma en que hayamos realizado esa labor. Quiero leerte un pasaje
importante de La Biblia que habla de un padre llamado Elí, que no
disciplinó ni corrigió a sus dos hijos cuando eran jóvenes (lea la
historia en 1 Samuel 2). Queda bien claro que Dios se enojó con Elí por
permitir que sus hijos fueran irrespetuosos y desobedientes. No solo
Dios permitió que mataran a los muchachos en una batalla, sino que
también castigó a su padre por no haber cumplido sus responsabilidades.
La tarea de que los padres y las madres instruyan a sus hijos, y los
disciplinen cuando sea necesario, es una obligación que podemos
encontrar a través de toda La Biblia.
Esto que te he dicho nos lleva a la
siguiente pregunta: ¿qué vamos a hacer de ahora en adelante? Quiero
hacerte una promesa, aquí y ahora. Tu madre y yo tenemos la intención de
ser más sensibles a tus necesidades y sentimientos de lo que hemos sido
en el pasado. No somos perfectos, como bien lo sabes, y es posible que
en una u otra ocasión pensarás que hemos sido injustos contigo. Si eso
llegara a suceder, podrás expresar tus opiniones, y nosotros te
escucharemos. Queremos mantener ampliamente abierta la puerta de
comunicación entre nosotros. Cuando pidas que se te conceda algo, me
haré a mí mismo esta pregunta: ¿Puedo concederle lo que me pidió sin que
sea perjudicial para él o para otros? Si puedo hacerlo y tener la
conciencia tranquila, así lo haré.
Pero habrá algunos asuntos en lo que no
podré ceder para llegar a un acuerdo. Habrá ocasiones cuando tendré que
decirte que no. Y cuando esos momentos lleguen, puedes estar seguro de
que me mantendré firme. Ninguna cantidad de violencia, ni de berrinches,
ni de portazos hará que las cosas cambien. En realidad si eliges luchas
conmigo acerca de las otras reglas, te prometo que sufrirás una derrota
dramática. Es verdad que ya estás demasiado grande para nalgadas, pero
todavía pueda utilizar otros medios para que te sientas incómodo. Tengo
el valor y la firmeza para realizar mi labor como padre durante los
últimos años que vas a estar en casa, y es mi intención utilizar todos
los recursos que estén a mi disposición. Así que tú eres quien decide.
Podemos disfrutar de un tiempo tranquilo de cooperación en el hogar o
podemos pasarlo en pleno conflicto. De cualquiera de las dos formas, vas
a llegar a casa a la hora indicada, vas a cumplir con tus
responsabilidades y vas a respetarnos a tu madre y a mí.
Por último quiero enfatizar lo que te
dije al comienzo. Te amamos más de lo que te imaginas. Vamos a estar
para lo que tú necesites. Nos necesitamos mutuamente. Nosotros a vos, y
aunque no lo creas tú nos necesitas de vez en cuando. Esto es lo que
quería comunicarte. Hagamos las cosas lo mejor que podamos de ahora en
adelante.
¿Necesitas decirme algo?
El contenido de este mensaje debiera ser
modificado para adaptarlo a las circunstancias individuales y a las
necesidades de cada adolescente en particular. Además, las reacciones de
los jóvenes pueden varias. Pero incluso cuando su hijo permanezca
hostil o indiferente, al menos las cartas han sido puestas sobre la mesa
y las intenciones de los padres han sido explicadas.

